Pánico en el “Cielo de San Juan”: La huida desesperada de un periodista infiltrado tras ser descubierto por una secta de ayahuasca
Pánico en el “Cielo de San Juan”: La huida desesperada de un periodista infiltrado tras ser descubierto por una secta de ayahuasca
Infiltración en el abismo: Un año entre sombras
Durante los últimos doce meses, mi vida no ha sido mía. He habitado un mundo de mantras repetitivos, túnicas blancas y el olor penetrante de plantas que, bajo la promesa de una sanación trascendental, esconden mecanismos de control feroces. Me infiltré en diversas organizaciones que utilizan la cultura “New Age” y sustancias psicotrópicas como la ayahuasca para someter, aislar y estafar a personas vulnerables. Mi objetivo era documentar cómo estas entidades operan en España, disfrazadas de centros terapéuticos o iglesias eclécticas, mientras en realidad se dedican a lo que ellos llaman “editar el inconsciente”: una forma elegante de referirse a la anulación de la voluntad ajena.

Lo que descubrí fue un panorama desolador. He visto a padres suplicando el regreso de hijos que ya no los reconocen, convencidos de que su familia biológica es parte de un “mundo caído”. He visto a niños viviendo en comunas donde el consumo de potentes alucinógenos se normaliza como parte de su “educación espiritual”. Pero el clímax de esta investigación no ocurrió en la selva, sino en un chalet aparentemente tranquilo de Castilla-La Mancha, sede de la Iglesia Ecléctica de la Fuente de Luz Universal (Santo Daime), durante una asamblea que prometía ser el cierre de mi infiltración y casi se convierte en mi última noticia.
El ritual de la emboscada
Llegué al “Cielo de San Juan” acompañado por Jairo y Karaka, compañeros que durante un año habían sido mi vínculo con este grupo. El ambiente era el habitual: cruces patriarcales, donativos “voluntarios” de 70 euros y una estricta separación de hombres y mujeres dentro de un pentágono dibujado en el suelo. Sin embargo, algo se sentía diferente. El ritual comenzó antes de tiempo, una anomalía en un sistema que suele ser extremadamente riguroso con los horarios.
Mientras esperaba la autorización para entrar en el círculo sagrado, el gurú del centro entró con una botella de ocho litros de ayahuasca. Tras él, un hombre calvo y de mirada gélida me observó con una sonrisa que no tenía nada de fraternal. Hubo susurros al oído, risas contenidas y un intercambio de miradas que me confirmó lo peor: mi identidad había sido descubierta. Ya no era un fiel más buscando la luz; era un periodista con una cámara oculta que acababa de entrar en una ratonera.
“La puerta está cerrada”: El inicio del terror
El hombre se acercó a mí con un gesto imperativo. “Sé quién eres. No juguemos”, me dijo mientras exigía ver mi teléfono personal. Mi negativa a entregar mi privacidad desató una secuencia de eventos que parecen sacados de un thriller. El discurso de paz, amor y unidad desapareció en milisegundos, siendo reemplazado por la intimidación física. Intentaron rodearme, forcejearon conmigo para quitarme el equipo de grabación y me persiguieron por toda la propiedad.
Lo más aterrador fue el momento en que intenté salir por la puerta principal. “Corre todo lo que quieras, la puerta está cerrada con llave”, gritó mi perseguidor. En ese instante comprendí que estaban preparando el escenario para una detención ilegal. ¿Qué pretendían hacer conmigo una vez que el ritual comenzara y los efectos de las sustancias nublaran el juicio de los presentes? La historia de las sectas está llena de respuestas violentas cuando alguien intenta exponer sus secretos, y yo estaba solo frente a un grupo de fanáticos que se consideran a sí mismos por encima de la ley.

La huida: Salto hacia la libertad
No esperé a ver qué pasaba. Lancé mi mochila sobre la valla perimetral y salté con el corazón martilleando contra las costillas. En la carretera, la desesperación me llevó a detener el primer coche que pasó. Por suerte, una familia local me recogió, ignorando lo surrealista de ver a un hombre salir corriendo de un chalet gritando que lo perseguía una secta. “Lléveme al pueblo, por favor, solo quiero alejarme”, fue lo único que pude decir mientras intentaba normalizar mi respiración.
La respuesta de los líderes días después fue el manual clásico de la manipulación: “Si huyes es porque algo habrás hecho mal”, “si no tienes nada que ocultar, ¿por qué corres?”. Es la inversión de la culpa, el sistema que utilizan para mantener a sus seguidores sumisos. Para ellos, la agresión no fue el intento de detención ilegal, sino mi atrevimiento de grabar lo que allí sucede sin su permiso. Consideran que su recinto es un estado independiente donde la Policía y la Justicia no tienen jurisdicción.
Justicia y prevención: El cierre de un ciclo
Tras la huida, mi primera parada fue el cuartel de la Guardia Civil. He presentado denuncias por coacciones e intento de detención ilegal, y he entregado cientos de horas de material que documentan abusos sistemáticos. Esta investigación no se trata de atacar una creencia personal o el uso de plantas; se trata de denunciar a quienes utilizan el vacío existencial de las personas para esclavizarlas psicológicamente y despojarlas de sus bienes.

Santo Daime y grupos similares son expertos en el “bombardeo de amor”: te reciben con los brazos abiertos, te hacen sentir especial y te prometen verdades universales. Pero una vez dentro, la salida es un laberinto de culpa y miedo. Mi experiencia es la prueba física de la brecha abismal que hay entre lo que predican y lo que practican. El amor es su eslogan, pero el control es su moneda de cambio.
Espero que este trabajo de dos años sirva como un escudo para aquellos que hoy están tentados por estos cantos de sirena. No hay planta milagrosa que valga tu libertad personal. La “edición del inconsciente” no es sanación; es borrar quién eres para que otro escriba su guion en tu vida. Hoy, los expedientes están en manos de la justicia, y las voces de las víctimas, que por fin han roto el silencio, son las que realmente pondrán fin a este “Cielo” que para muchos ha sido un infierno.