Atrapado en el ritual: La huida desesperada de un periodista infiltrado en la secta de la ayahuasca

Atrapado en el ritual: La huida desesperada de un periodista infiltrado en la secta de la ayahuasca

El espejismo de la sanación: Un año entre sombras
La búsqueda de sentido en el mundo moderno ha abierto una puerta peligrosa que muchos cruzan sin retorno. Durante doce meses, me he infiltrado en múltiples grupos que operan bajo el paraguas de la “New Age” y el uso de sustancias psicotrópicas con fines supuestamente terapéuticos. Lo que encontré no fue paz, sino un sistema perfectamente diseñado para el abuso, la manipulación emocional, el aislamiento familiar y la estafa económica. Estos grupos se presentan como faros de luz y amor, pero tras sus puertas cerradas, la realidad es una pesadilla de control mental y degradación humana.

La técnica es siempre la misma: el bombardeo de amor inicial. Te hacen sentir especial, comprendido y parte de una familia universal. Sin embargo, el precio de entrada es la sumisión total y, a menudo, cientos de euros por dosis de plantas que, lejos de sanar, se utilizan para “editar el inconsciente”. Bajo los efectos de la ayahuasca, los líderes repiten mantras y “verdades” que el seguidor, al día siguiente, asume como propias. Es un lavado de cerebro químico que deja a las personas como zombis, incapaces de discernir entre la realidad y la doctrina impuesta.

La emboscada en el “Cielo de San Juan”
El punto de inflexión de mi investigación ocurrió en un chalé aislado en las afueras de Castilla-La Mancha, sede de una de las ramas de la Iglesia Ecléctica de la Fuente de la Luz Universal. Fui convocado a una asamblea nacional junto a grupos con los que había compartido rituales durante meses. Al llegar, todo parecía normal, pero el ambiente se volvió gélido en cuestión de minutos. Tras pagar la “donación voluntaria” obligatoria de 70 euros, noté movimientos extraños. El gurú local susurró algo al oído de un hombre corpulento y calvo, quien me miró con una sonrisa inquietante antes de desaparecer hacia la entrada principal.

Lo que yo no sabía en ese momento era que estaban preparando el escenario para mi detención ilegal. Mientras yo esperaba para entrar al círculo ritual —donde ya se preparaban unos ocho litros de ayahuasca—, el hombre regresó para confrontarme. Ya no había rastro de la paz que predicaban. “Sé quién eres, no juguemos juegos”, me dijo. Fue el inicio de un enfrentamiento tenso donde exigieron ver mi teléfono personal, intentando arrebatarme el equipo de grabación. La máscara de la espiritualidad se derrumbó para mostrar el rostro del fanatismo más puro.

Huida y supervivencia: El salto a la libertad
La situación escaló rápidamente cuando comprendí que me habían encerrado. El hombre que me vigilaba me desafió: “¡Corre todo lo que quieras, la puerta está cerrada con llave!”. En ese instante, mi instinto de supervivencia se activó. No era solo el miedo a perder la investigación, era el temor real a lo que un grupo de personas fanatizadas y habituadas al consumo de sustancias que alteran la mente pudiera hacerme si lograban retenerme contra mi voluntad.

Atravesé la propiedad corriendo, perseguido de cerca por el captor que intentaba agarrarme por la espalda. Logré zafarme de sus manos, perdiendo únicamente mi botella de agua en el forcejeo. Al llegar a la valla exterior, no dudé: lancé mi mochila por encima y salté la estructura metálica con el corazón a punto de estallar. Una vez en la carretera, el azar quiso que un coche pasara por ese lugar remoto. El conductor, un hombre que seguramente no olvidará ese encuentro, me recogió en un estado de agitación extrema y me llevó hasta el cuartel de la Guardia Civil más cercano.

El abismo de las familias rotas
Mi experiencia es solo la punta del iceberg. A lo largo de este año, he escuchado testimonios desgarradores de padres que han perdido a sus hijos en estas comunas. He visto niños viviendo en condiciones deplorables, expuestos a ceremonias de ayahuasca donde no hay control ni seguridad. Existe el caso documentado de una mujer que, convencida por su líder de que su hijo era el Anticristo, terminó con la vida del pequeño. El fanatismo, alimentado por el aislamiento y las drogas, puede llevar al ser humano a cometer las mayores atrocidades en nombre del “bien”.

Muchos de los jóvenes que hoy están atrapados en estos grupos actúan bajo coacción. Si intentan irse, son amenazados con consecuencias espirituales nefastas o sufren el sistema de “culpa por asociación”. El regreso a casa de una de estas sectas es difícil; el daño psicológico es profundo y requiere años de terapia especializada. “Ojalá nunca hubiera probado una gota de esa planta”, me confesaba una víctima, recordando cómo su vida se detuvo el día que decidió buscar la iluminación en el lugar equivocado.

Justicia y prevención: El fin de una etapa
Tras mi huida, las reacciones de los líderes no se hicieron esperar. Intentaron minimizar el asalto, alegando que “si huyes es porque algo hiciste mal”. Es la lógica circular de la secta: la víctima siempre es la culpable. Afortunadamente, cada segundo de la persecución quedó registrado, proporcionando una prueba irrefutable de la violencia y la privación de libertad a la que fui sometido.

He entregado la totalidad de mi investigación, grabaciones y documentos a las autoridades competentes. Mi objetivo es que la justicia actúe no solo por lo que me ocurrió a mí, sino por todas las personas que siguen subyugadas en esos chalés aislados, engañadas por falsos profetas. Este trabajo de dos años llega a su fin con una lección clara: la verdadera espiritualidad no requiere de encierros, ni de deudas económicas, ni de sustancias que anulen tu capacidad de decidir. La luz que prometen estas sectas es, en realidad, un incendio que consume todo lo que encuentra a su paso. La prevención es nuestra mejor defensa.